Mi penúltimo relato hasta la fecha
VENUS
VARADA
El día que alquilé aquel
estudio, la dueña me advirtió que no me sorprendiera, ya que no le había dado
tiempo ni a desalojarlo ni a limpiarlo, que estaba tal cual lo había dejado el
anterior inquilino, Rafael. Un artista taciturno, de facciones marcadas, ojos
profundos y pelo enmarañado. No supo decirme si era pintor o escultor. Una vez
le había pedido que le enseñara alguna obra y le dijo que llevaba trabajando
siete años en la misma obra y que aun estaba inacabada. En voz baja me dijo, que
creía que vivía con una compañera, pero que nunca llegó a verla. También me
comentó que era correcto y educado en el trato, que alguna noche armaba algo de
jaleo, como si destruyera lo que hacía por la mañana, que se trasladaba al
centro, ya que su obra estaba terminada.
Entré al estudio, estaba
semivacío. En medio, sobre varios pedestales había varias réplicas griegas de
torsos femeninos en yeso. A un lado, en unas grandes cajas de madera, brazos y
piernas de maniquíes. Al fondo, frente a la ventana, cabezas de jóvenes en
barro cuarteado por la falta de humedad. Sobre un amplio banco de trabajo,
varios moldes de silicona y botes de resinas. El resto; una alcoba con un
camastro, una cómoda cerrada con llave, un baño y una pequeña cocina. Siempre
me había interesado el Arte y me pareció curioso que alguien dedicara su tiempo
en realizar una especie de “frankenstein”, a componer un todo a partir de las
partes.
Al día siguiente, mientras
estaba limpiando y ordenando, encontré una llave dentro de una pequeña caja de
latón. Recordé la cómoda, fui a probar y era la llave. Abrí, dentro había
varias carpetas. La primera contenía dibujos de ojos en diferentes posiciones.
La siguiente, dibujos de orejas, al igual que la anterior con numerosos apuntes
y rectificaciones. Recordé los estudios de Leonardo, pero estos eran más pormenorizados,
más exhaustivos. Varios de ellos estaban sobre papel milimetrado. Las restantes
carpetas eran dibujos de cejas, narices, labios, pómulos, barbillas. También
había recortes de revistas con piernas de bailarinas de ballet, de manos con
dedos finos y largos como los de las pianistas. Abrí la última carpeta y había
una única lámina; el resumen de todo lo que había visto. Ante mi, el dibujo del
mas bello retrato que se pudiera crear, la proporción perfecta entre las
partes. No era el estereotipo de un canon genérico de belleza. Era la belleza
en sí.
Una y otra vez volvía a
Contemplar ese rostro angelical y un escalofrío volvía a recorrer todo mi
cuerpo. Era el rostro donde todas las mujeres bellas se pueden ver reflejadas, donde
la imperfección no existe, donde un hombre se puede perder y, también, matar. En
el reverso de la lámina estaba escrito el número de un teléfono. Me decidí a
Llamar. Titubeando, me presenté como un amante del Arte, hasta que una voz
grave me interrumpió.
- ¿Qué es lo que desea?, ¿ver
mi obra de arte?, entonces tendrá que esperar hasta dentro de tres viernes. Supongo
que ya se habrá enterado de las normas. Solo la podrá ver una única vez y durante
treinta segundos. Los treinta segundos de mi fama como artista y su gloria de
contemplar lo que solo a unos privilegiados permito ver.
Me dio la dirección y me confirmó la hora; las
11 del mediodía, ni un minuto más ni menos. Por último, me dijo el precio de la
visita; me pareció elevado pero sé que muchas personas hubieran vendido hasta su
alma.
Impaciente hasta que llegó
el ansiado día, me presenté en la casa, situada en el centro, media hora antes.
Un hombre alto y desgarbado, de rasgos marcados y ojos vidriados me abrió la
puerta. Educadamente me cogió la chaqueta y me hizo pasar a un hall de techos
elevados y luz tenue. A las once en punto volvió a entrar y me hizo una señal
con la mano para que le acompañara. Me llevó a una estancia donde un único foco
iluminaba un sillón de cuero rojo. Con otro gesto reverente me invitó a
sentarme. Una voz grave y solemne surgió del fondo interrumpiendo el silencio,
incluso el palpitar de mi propio corazón. Al principio, la voz elogiaba lo que
mis ojos iban a contemplar. Luego las normas; no me podía levantar del sillón y
que intentara guardar el recuerdo como una experiencia artística sublime, ya que
esa iba a ser la única vez que podría contemplarla.
Despierta el alba,
lentamente se desprenden las
estrellas.
El silencio se vuelve mas
denso,
se abren los claros
entre el azul de tus ojos
El foco que me apuntaba se
fue apagando lentamente hasta que la habitación de quedo a oscuras. De pronto,
como si de un amanecer se tratara, una luz cenital iluminó un escenario rotatorio
forrado en terciopelo azul. Sobre él, “La Escultura”, desprovista de cualquier
artificio. La hija de todas las “Venus” que todos los ojos de la humanidad
juntos han visto. Por su realismo, creo que estaba realizada en látex y fibra.
Parecía tan real que solo le faltaba el hálito divino y echarse a andar.
Cada segundo que pasaba se
me quedaba grabado como una eternidad. Sus pies, las rodillas, los muslos, su
desnudo torso, los brazos, sus facciones angelicales. Y su rostro, el rostro de
la mujer mas bella que uno se puede imaginar. La mirada de sus ojos me recordó
a los cuadros del Greco, entre el misticismo y el éxtasis. Mientras la
contemplaba deseé descender por sus pechos, enredarme entre sus brazos,
dormirme en un lunar de su espalda. Justo antes de que la luz se apagara
observé que una lágrima recorría su mejilla.
Turbado, esperé enfrente de
la casa, solo dos hombres salieron. Al atardecer, cuando las sombras
desaparecen, aparecieron las siluetas de un hombre de pelo enmarañado
acompañado de una mujer envuelta en una capa y el rostro cubierto por un velo.
Observe que caminaban despacio, ella parecía cojear. Los seguí con sigilo, vi
que accedían a un restaurante. Me cubrí la cabeza con una gorra para que no me
reconocieran fácilmente y entré. Me senté detrás de él, a una distancia prudencial
donde la podía observar. Se les acercó el camarero, él pidió por los dos. Ella
permanecía en silencio, con la cabeza baja y el velo puesto. Cuando trajeron la
comida se lo retiró con cuidado. Tenía la mitad inferior de la cara quemada,
desfigurada. No tenía nariz, ni labios, ni piel que cubriera su mentón. El
acompañante le ayudaba a darle de comer sopa, ya que dudo que pudiera articular
o masticar. Al levantarme para irme, se cayó al suelo un vaso vacío rompiéndose
en mil pedazos. Ella me miró, él no se molesto en volverse. Antes de salir aun
me giré para verla, quizá por última vez. Ella seguía mirándome mientras le
resbalaba una lágrima por la mejilla.





